El Último Oro de Aroa (Dedicado a Eugenio Mateo y su finca Aroa)
Hay un lugar bajo la atenta mirada de las Peñas de Riglos, donde el otoño no es una estación, sino un estado del alma. Finca Aroa. Hoy, ese nombre es un eco que se mezcla con el humo residual, una herida en el paisaje del prepirineo aragonés, pero la gratitud es más fuerte que el fuego.
Gracias, Aroa, por aquel otoño en que te vestiste de gala para nosotros.
Todavía recuerdo el camino de entrada, donde dos pilares de piedra daban la bienvenida a una alfombra de hojas secas, un mosaico crujiente de cobres y ocres. Al fondo, un ciprés se erguía como un centinela verde contra un cielo gris y premonitorio. Esos muros bajitos de piedra seca, que abrazaban con paciencia la base de un árbol solitario, ya desnudo, eran el testimonio de una convivencia armónica entre la mano humana y la tierra.
Gracias por la orografía dramática que te rodea. Esos taludes de arcilla erosionada, grises y desnudos, contrastaban con el verde perenne de los pinos y los rojos intensos de los arbustos decididos. Todo ello envuelto en una niebla baja que besaba las copas de los árboles, como si las montañas quisieran abrazarte antes del desastre de este verano de 2026.
Gracias por los caminos de tierra, húmedos por la lluvia, que nos llevaban a ninguna parte y a todas las partes a la vez, rodeados de escobas y arbustos que encuadraban un horizonte de picos difuminados por las nubes. Incluso en la quietud de tus aguas, dos cormoranes negros posados sobre una rama sumergida encontraban refugio, un momento de paz reflejado en el pantano mientras
Gracias, Aroa, por aquel otoño en que te vestiste de gala para nosotros.
Todavía recuerdo el camino de entrada, donde dos pilares de piedra daban la bienvenida a una alfombra de hojas secas, un mosaico crujiente de cobres y ocres. Al fondo, un ciprés se erguía como un centinela verde contra un cielo gris y premonitorio. Esos muros bajitos de piedra seca, que abrazaban con paciencia la base de un árbol solitario, ya desnudo, eran el testimonio de una convivencia armónica entre la mano humana y la tierra.
Gracias por la orografía dramática que te rodea. Esos taludes de arcilla erosionada, grises y desnudos, contrastaban con el verde perenne de los pinos y los rojos intensos de los arbustos decididos. Todo ello envuelto en una niebla baja que besaba las copas de los árboles, como si las montañas quisieran abrazarte antes del desastre de este verano de 2026.
Gracias por los caminos de tierra, húmedos por la lluvia, que nos llevaban a ninguna parte y a todas las partes a la vez, rodeados de escobas y arbustos que encuadraban un horizonte de picos difuminados por las nubes. Incluso en la quietud de tus aguas, dos cormoranes negros posados sobre una rama sumergida encontraban refugio, un momento de paz reflejado en el pantano mientras
el cielo se cerraba.
La imagen de Aroa, con su casa (hogar para todos que hemos estado allí) integrada en la falda de la montaña boscosa, permanece en pie gracias a la labor de estos valientes bomberos que han trabajado incansablemente
La imagen de Aroa, con su casa (hogar para todos que hemos estado allí) integrada en la falda de la montaña boscosa, permanece en pie gracias a la labor de estos valientes bomberos que han trabajado incansablemente
(de momento no se pueden saber los daños). El jardín que con tanto esfuerzo y cariño cuidaba Eugenio hace más de 40 años se ha quemado, pero conociendo a Eugenio volverá a renacer. El fuego puede llevarse la madera, la tierra e incluso la piedra, pero no puede quemar la huella que dejó en quienes la amaron.
Gracias, Aroa, por existir. Tu luz otoñal no se ha apagado del todo, ahora brilla en el recuerdo y ¡¡volverás a brillar con todo su esplendor.!!
Gracias, Aroa, por existir. Tu luz otoñal no se ha apagado del todo, ahora brilla en el recuerdo y ¡¡volverás a brillar con todo su esplendor.!!
La Mesa Infinita de Eugenio
Hay días que no se miden en horas, sino en la intensidad de los afectos y la profundidad de los sabores compartidos. Días en los que el tiempo, ese río incansable, decide detenerse para dejarnos respirar, reír y dar gracias.
Cuando cierro los ojos para recordar la esencia de la verdadera amistad, la imagen que surge no es difusa, sino nítida y vibrante: una mesa, en la calidez de un hogar lleno de historias impresas en arte, y en el centro de todo, la figura inconfundible y acogedora del amigo Eugenio Mateo.
Eugenio no solo abre la puerta de su casa; abre el cerrojo del tiempo y la prisa.
Cuando cierro los ojos para recordar la esencia de la verdadera amistad, la imagen que surge no es difusa, sino nítida y vibrante: una mesa, en la calidez de un hogar lleno de historias impresas en arte, y en el centro de todo, la figura inconfundible y acogedora del amigo Eugenio Mateo.
Eugenio no solo abre la puerta de su casa; abre el cerrojo del tiempo y la prisa.
Su sonrisa, es el faro que guía a sus amigos hacia un puerto seguro de conversación y buena compañía. Verlo ahí, presidiendo la mesa con esa naturalidad que solo poseen los grandes anfitriones, es sentir que todo está bien en el mundo, al menos por unas horas.
Gracias, Eugenio, por esos momentos que son un oasis de paz y alegría.
Gracias, Eugenio, por esos momentos que son un oasis de paz y alegría.
Texto: Miguel Sanz. Fotos de 2018






















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