REFLEJOS DE RESISTENCIA (46 Bajada del Canal 2026)

Hay un cauce verde y obstinado en Zaragoza donde el agua jamás apaga nada:
al contrario.

Llega el tercer domingo de septiembre y la luz matinal rasga el espejo del Canal Imperial de Aragón. Con la 44ª edición de la Bajada del Canal, el tiempo parece detenerse para celebrar una comunión antigua y firme: la fiesta como trinchera,
la dignidad hecha marea y el latido indomable de Torrero, La Paz y San José.
 
Caminar por estas orillas con la cámara al hombro es asomarse a un territorio donde la vida se retrata sin artificios. La lente busca los matices de la corriente, pero se detiene en lo invisible: en el surco trazado por los años en las manos de quienes llevan medio siglo defendiendo su tierra, es la chispa de los jóvenes que heredan la marcha y en el refugio silencioso que ofrecen los viejos árboles.
Cada captura de esta jornada es un fragmento de una misma corriente que empeze hace muchos años.

El sueño perenne de ver la ribera convertida en un parque lineal, un pulmón vivo
y un refugio climático donde la sombra y el caudal pertenezcan al común.

La voz altiva de “Salvemos los Pinares de Venecia”, germinada en el corazón de Torrero —esa república libre de asfalto y memoria— para proteger su horizonte verde frente a la sombra del cemento.

El destello de las banderas por la paz, el eco rotundo contra el genocidio en Palestina, la fuerza insumisa del feminismo y la dignidad obrera reflejándose en el agua como un espejo implacable.

Frente al gris de la desidia institucional, el ingenio popular viste el descontento de poesía visual. Con un guiño a las ratas de las orillas del canal y paseando junto al agua, la ironía cobra cuerpo: vecinos transformados en ratas —fieles a la sátira más lúcida— recorren la ribera exigiendo limpieza y respeto al Ayuntamiento.
Una metáfora viva ante el objetivo, donde el humor se convierte en la forma más limpia de la protesta.

Y es que el latido de esta jornada no solo se ve; también se escucha. Acompasando los pasos de la multitud, la música tradicional inunda los márgenes del Canal como un hilo invisible que ata la fiesta. Con instrumentos de siempre,
el fuelle cálido del acordeón, el compás marcado del tambor, el vuelo de la gaita y las melodías entrañables del clarinete, los músicos ponen banda sonora a la reivindicación. Sus acordes populares resuenan y se mezclan con las risas y las consignas, convirtiendo cada compás en un acto de memoria colectiva y en la melodía insustituible de un barrio que sabe cantar con orgullo sus propias luchas.  

Incluso el abandono forma parte de este paisaje de resistencia. Entre los troncos inertes, la maleza olvidada y la persistente pasividad de la Confederación Hidrográfica, el Canal muestra sus cicatrices. La suciedad amenaza con encallar las barcas, pero jamás podrá detener la voluntad de un vecindario que sabe navegar contracorriente.

Pero el paisaje también duele al ser mirado de cerca. A través del objetivo se aprecian sin piedad las secuelas del abandono: un lecho castigado por la acumulación de ramas caídas, troncos inertes, plásticos y maleza desatendida que convierten tramos enteros en auténticos obstáculos insalvables. Es la estampa del olvido institucional, un reflejo vergonzoso de la inacción y la dejadez de competencias que permiten tanto el Ayuntamiento como la Confederación Hidrográfica del Ebro (CHE).

Mientras las administraciones miran hacia otro lado, escudándose en despachos
y silencios cómplices, la suciedad ahoga la historia del Canal. Año tras año, esta desidia no solo pone en riesgo la seguridad de los navegantes y obliga a interrumpir el recorrido de las barcas artesanales; es, sobre todo, una falta de respeto intolerable hacia un patrimonio fluvial que los vecinos cuidan con sus propias manos mientras las instituciones lo abandonan a su suerte.
Año tras año, esta desidia no solo pone en riesgo la seguridad de los navegantes
y obliga a veces a interrumpir el recorrido de las barcas artesanales.
Es, sobre todo, una falta de respeto intolerable hacia un patrimonio fluvial
que los vecinos cuidan con sus propias manos mientras las instituciones lo abandonan a su suerte. Pese a todo, la basura no ensucia la dignidad
de la marcha ni acabará con el día de fiesta y reivindicación.

Os dejo con esta mirada íntima vista por detrás del visor de mi cámara,
 fragmento de luces y sombras donde el barrio demuestra que sigue vivo,
fluyendo y desafiando al tiempo.
Espero os guste.
 
Texto y fotografías: Miguel Sanz
 
















































 
 
 

 

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