VALLE DEL BAZTAN (2). DE AMAIUR A SAINT JEAN PIED DE PORT
El clic del obturador es lo único que rompe el silencio matutino.
En la pantalla de la cámara queda registrada una de las últimas fotos del blog anterior: el Monolito de Amaiur. El viento aquí arriba siempre parece arrastrar ecos de 1522, el susurro del último bastión de la resistencia navarra.
Las piedras del antiguo castillo, hoy apenas son un esqueleto integrado
En la pantalla de la cámara queda registrada una de las últimas fotos del blog anterior: el Monolito de Amaiur. El viento aquí arriba siempre parece arrastrar ecos de 1522, el susurro del último bastión de la resistencia navarra.
Las piedras del antiguo castillo, hoy apenas son un esqueleto integrado
en la hierba humedecida por el rocío.
Cogemos los coches con los compañeros y compañeras de viaje, el ir sin conducir me da la oportunidad de ver el paisaje de forma diferente que si fuese conduciendo (Gracias a Toni Clavel por este viaje fascinante). Dejamos atrás
Cogemos los coches con los compañeros y compañeras de viaje, el ir sin conducir me da la oportunidad de ver el paisaje de forma diferente que si fuese conduciendo (Gracias a Toni Clavel por este viaje fascinante). Dejamos atrás
el arco de entrada al pueblo. El camino hacia el este nos espera.
La ruta abandona el fondo del valle y empieza a ganar altura con rapidez.
El paisaje se vuelve íntimo, cerrado por densos bosques de hayas y castaños centenarios.
Los ciclistas nos acompañan por la carretera que parece una serpiente sin final, la confianza y el cuidado del buen conductor seguimos sin ningún problema (algún mareo que otro en el otro coche de los compañeros) disfrutando de un paisaje que es una maravilla y que se quedará para siempre en la retina de nuestros ojos.
A medida que el bosque se aclara, los árboles dan paso a los pastizales de altura.
El esfuerzo del ascenso se cobra su tributo en las piernas, pero la recompensa visual es inmediata, una panorámica limpia del monte Gorramendi; al frente, la línea divisoria de la cordillera que separa administrativamente lo que la geografía y la cultura unieron hace siglos. Los caballos, el ganado vacuno y las ovejas pacen libres, ignorantes de fronteras, salpicando las laderas como puntos blancos en un lienzo infinito.
Al llegar a Saint Jean Pied de Port cambia todo. Gente, bullicio, coches con el reto de pode aparcarlos, terrazas llenas de gente descansando y disfrutando de la belleza del lugar. De pronto entras en el empedrado irregular de la Rue de la Citadelle. La calle principal desciende en una pendiente pronunciada hacia el río.
Los ciclistas nos acompañan por la carretera que parece una serpiente sin final, la confianza y el cuidado del buen conductor seguimos sin ningún problema (algún mareo que otro en el otro coche de los compañeros) disfrutando de un paisaje que es una maravilla y que se quedará para siempre en la retina de nuestros ojos.
A medida que el bosque se aclara, los árboles dan paso a los pastizales de altura.
El esfuerzo del ascenso se cobra su tributo en las piernas, pero la recompensa visual es inmediata, una panorámica limpia del monte Gorramendi; al frente, la línea divisoria de la cordillera que separa administrativamente lo que la geografía y la cultura unieron hace siglos. Los caballos, el ganado vacuno y las ovejas pacen libres, ignorantes de fronteras, salpicando las laderas como puntos blancos en un lienzo infinito.
Al llegar a Saint Jean Pied de Port cambia todo. Gente, bullicio, coches con el reto de pode aparcarlos, terrazas llenas de gente descansando y disfrutando de la belleza del lugar. De pronto entras en el empedrado irregular de la Rue de la Citadelle. La calle principal desciende en una pendiente pronunciada hacia el río.
A ambos lados, las casas tradicionales se aprietan unas contra otras, exhibiendo orgullosas sus entramados de madera pintados de ese rojo buey tan característico y contraventanas que parecen guardar secretos de siglos de paso de viajeros.
Al caminar, la mirada se desvía inevitablemente hacia los detalles de las fachadas. Casi todas las puertas de madera maciza cuentan con un dintel de piedra tallada. En ellos, los antiguos propietarios dejaron grabados sus nombres, el año de construcción de la casa (muchas del siglo XVI y XVII) y, a menudo, el emblema de su oficio: la herradura de un mariscal, la lanzadera de un tejedor o una cruz que atestigua su fe. Fotografiar estos dinteles a ras de muro revela las texturas rugosas de la piedra erosionada por el tiempo y el musgo.
Casi al final de la cuesta, el espacio se abre ante la imponente silueta de la Iglesia de Nuestra Señora de la Cabeza del Puente (Notre-Dame-du-Bout-du-Pont).
Al caminar, la mirada se desvía inevitablemente hacia los detalles de las fachadas. Casi todas las puertas de madera maciza cuentan con un dintel de piedra tallada. En ellos, los antiguos propietarios dejaron grabados sus nombres, el año de construcción de la casa (muchas del siglo XVI y XVII) y, a menudo, el emblema de su oficio: la herradura de un mariscal, la lanzadera de un tejedor o una cruz que atestigua su fe. Fotografiar estos dinteles a ras de muro revela las texturas rugosas de la piedra erosionada por el tiempo y el musgo.
Casi al final de la cuesta, el espacio se abre ante la imponente silueta de la Iglesia de Nuestra Señora de la Cabeza del Puente (Notre-Dame-du-Bout-du-Pont).
Su fachada gótica de piedra oscura, severa y monumental, albergan nidos de golondrinas que curiosamente los protegen poniendo en peligro la cabezas de los turistas que se quedan mirando el arte de su pórtico. Esta catedral ejerce de guardiana del paso sobre el río Nive. El arco de su puerta enmarca de forma natural la salida hacia el agua.
Al cruzar el umbral del puente medieval de piedra, el paisaje urbano cambia por completo. A la izquierda: Las famosas casas colgantes asoman sobre el río.
Al cruzar el umbral del puente medieval de piedra, el paisaje urbano cambia por completo. A la izquierda: Las famosas casas colgantes asoman sobre el río.
Sus balcones de madera, repletos de geranios, se reflejan en la superficie del agua. Si el día está calmado, el espejo del río duplica la arquitectura creando una simetría perfecta, ideal para un encuadre simétrico.
A la derecha: La perspectiva se abre hacia el norte, siguiendo el curso del río
A la derecha: La perspectiva se abre hacia el norte, siguiendo el curso del río
que divide la villa en dos.
Tras recorrer la parte baja, toca afrontar el último esfuerzo del día: la subida por las escaleras y rampas empedradas que conducen a la Ciudadela.
A medida que ganas altura, el entramado de tejados de pizarra y teja roja del pueblo empieza a quedar abajo, encajonado entre las murallas.
Tras recorrer la parte baja, toca afrontar el último esfuerzo del día: la subida por las escaleras y rampas empedradas que conducen a la Ciudadela.
A medida que ganas altura, el entramado de tejados de pizarra y teja roja del pueblo empieza a quedar abajo, encajonado entre las murallas.
Una vez arriba, desde los baluartes orientados al sur, el esfuerzo se olvida.
Al frente se despliega el anfiteatro natural de los Pirineos, las mismas montañas que has bordeado y cruzado desde Amaiur. Un broche visual perfecto para cerrar el carrete de esta excursión de nuestro viaje.
Texto: Miguel Sanz

















































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