VALLE DEL BAZTAN. AMAIUR (MAYA). (1)
Después de estar en el Jardín del Señorio de Beritz
(que tendra una entrada independiente en este blog).
Los foteros viajeros llegamos a AMAIUR este paraje donde el silencio y la belleza de sus paisajes no deja indiferente a nadie. Pasamos por el arco de piedra que nos da la bienvenida. Cruzarlo no es solo entrar a un pueblo; es adentrarse en una de las páginas más íntimas, orgullosas y fotogénicas de la historia de Navarra.
La fisonomía de AMAIUR es la de un pueblo-calle. Una única vía principal,
La fisonomía de AMAIUR es la de un pueblo-calle. Una única vía principal,
el viejo Camino Real, vertebra todo el escenario, obligándote a caminar despacio, con la cámara dispuesta para captar el ritmo pausado de la vida rural.
Al avanzar por su calle empedrada, te llama la atención la uniformidad y la nobleza de su arquitectura. No hay estridencias aquí. Las fachadas encaladas,
Al avanzar por su calle empedrada, te llama la atención la uniformidad y la nobleza de su arquitectura. No hay estridencias aquí. Las fachadas encaladas,
de un blanco purísimo, contrastan con la sillería de piedra arenisca roja extraída de las canteras cercanas de Almandoz. Esa piedra rojiza enmarca las ventanas, dibuja las esquinas y da cuerpo a los imponentes arcos de medio punto
de las entradas.
Cada pocos pasos, es inevitable detenerse ante los majestuosos
Cada pocos pasos, es inevitable detenerse ante los majestuosos
escudos de armas tallados en los frontis. Testigos de la hidalguía universal
que ostentaban los baztaneses, estos blasones de piedra muestran el clásico ajedrezado del valle. El sol de la mañana, resalta el relieve del labrado y las grietas que el tiempo ha ido dibujando en la roca, ofreciendo un festín
de texturas para la fotografía de detalle.
Desde una perspectiva estrictamente visual y fotográfica,
Desde una perspectiva estrictamente visual y fotográfica,
el entorno de AMAIUR ofrece un lienzo donde la geometría arquitectónica
y la orgánica de la naturaleza se complementan a la perfección
El principal reto y atractivo técnico radica en la gestión del alto contraste cromático: el blanco inmaculado de las fachadas actúa como un reflector
natural que desafía la medición del exposímetro, exigiendo un control
riguroso de las altas luces para no perder la textura de la cal,
mientras que la piedra arenisca de Almandoz absorbe la luz aportando
densidad tonal densa, rica en pátinas y matices ocre-rojizos...
Entre todas las construcciones destaca “El Palacio Borda,
una imponente mole de sillería roja, parece resumir
por sí solo la opulencia de aquellos indianos que regresaron al valle.
Tuvimos
la suerte de alojarnos en este hotel, una auténtica maravilla
que
conserva su esencia histórica brindando, a la vez,
una experiencia de lujo y confort.
La estancia fue de diez, gracias en gran parte a la familia
que lo regenta, quienes cuidan cada detalle a la perfección.”
Continuará
Texto: Miguel Sanz




























Una vez más publicas un reportaje excelente, acompañado de un texto impecable. Felicidades.
ResponderEliminarMagnífico reportaje tanto en texto como en fotos
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