martes, 3 de marzo de 2015

"VISIONES DE UNA EVIDENCIA"


El Ebro, un río crecido
Eugenio Mateo

Se sabe que aguas arriba, en el cielo se han abierto las compuertas de emergencia y debajo, en la tierra, receptiva y sumisa, sufren  de hartazgo los cauces desbordados, desafiando a las orillas con aire de matón, como un borracho desabrido que no se cansa de beber.

El Padre Ebro desata su furia milenaria y llega, inclemente, a reclamar lo que ya  no es suyo. Ingrata circunstancia es ser ribereño cuando el patrón acuático  se enfada y lo que siempre fue un ademán permanente en el hombre por la búsqueda del agua, se resume  a veces en escuálidas motas que quieren resistir y se disuelven en el empeño contra la crecida.

La visión muy diferente de Miguelón Sanz describe la asfixia de unas tierras anegadas por el manto acuático de la devastación y extraen el reflejo de plata que lo emboza.













Aún se acuerdan los sotos de antiguas avenidas, permanece una rémora de humedad en sus raíces, pero eran tan casuales como el capricho mismo de la antigua naturaleza. Ahora, se repiten en el tiempo con cadencia sospechosa;  apenas se han secado las tierras inundadas y aparece de nuevo la ola de Neptuno para dejar constancia de que los dioses existen, divinidades que quieren mundos sumergidos en abismos de cieno sin calado. Algo ha cambiado para que llover haya perdido su sentido amigo.  Las borrascas del Atlántico que cruzaban pausadas nuestras tierras han devenido en diluvios, y de eso, ¡ay! , sólo entendía Noé. Últimamente, cuando llueve, “pozalea”, expresión baturra donde las haya, y no hay que ser un entendido para observar la transformación de nuestro clima.

La imagen de esta bravura de un rio vivo posiblemente cause envidia en otros pagos sedientos, a veces la opulencia puede ser malentendida. Hay que ser de aquí para entender de estíos y hay que ser imbécil para confundir inundaciones con trasvases. La devastación es más cruda que el sarcasmo. Desconozco de obras y dragados, el debate sobre el cauce me excede, pero no pueden extrañarme los detritos de un río que envejece, ni los nuevos ciclos de lluvia que lo ahogan.

Sobrecoge el desparrame del agua por los sembrados y se presiente la fuerza de los brotes en los chopos de ribera. Es una corriente de lenguas viscosas que discurre como una mar que   presiente al  lejano e infinito azul, en avance conquistador o tal vez, reconquistador. La naturaleza es una caja de sorpresas permanente.  La génesis de todo lo que fue y el epílogo de lo que falta por venir  nos hacen guiños para llamar la atención sobre lo que podemos encontrar dejando que la vista se vea  arrastrada por la riada que lleva prisa.












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