El Último Oro de Aroa (Dedicado a Eugenio Mateo y su finca Aroa)
Hay un lugar bajo la atenta mirada de las Peñas de Riglos, donde el otoño no es una estación, sino un estado del alma. Finca Aroa. Hoy, ese nombre es un eco que se mezcla con el humo residual, una herida en el paisaje del prepirineo aragonés, pero la gratitud es más fuerte que el fuego. Gracias, Aroa, por aquel otoño en que te vestiste de gala para nosotros. Todavía recuerdo el camino de entrada, donde dos pilares de piedra daban la bienvenida a una alfombra de hojas secas, un mosaico crujiente de cobres y ocres. Al fondo, un ciprés se erguía como un centinela verde contra un cielo gris y premonitorio. Esos muros bajitos de piedra seca, que abrazaban con paciencia la base de un árbol solitario, ya desnudo, eran el testimonio de una convivencia armónica entre la mano humana y la tierra. Gracias por la orografía dramática que te rodea. Esos taludes de arcilla erosionada, grises y desnudos, contrastaban con el verde perenne de los pinos y los rojos intensos de los arbustos decididos. Todo...
